El Reino Unido en el ojo del huracán: Burnham, Farage y la fractura de una potencia en declive

19 de agosto 2026 | Solidariogb

Por una pluma del campo antiimperialista


El 20 de julio de 2026, Andy Burnham cruzó la puerta de Downing Street con una promesa que ya suena a epitafio de época: devolver a las regiones lo que Londres les arrebató durante quince años de austeridad. Un mes después, la realidad se impone con la crudeza que solo conocen las potencias en retroceso. El Reino Unido no es un país que elija entre progreso y reacción; es un imperio menor que agoniza entre la gestión humanizada de su declive y la tentación fascistoide de quienes prometen devolverle una grandeza que nunca fue de su pueblo.

Burnham llegó con ventaja. Por primera vez en dieciocho meses, el Partido Laborista superó a Reform UK en las encuestas —24 % contra 22 %, según YouGov a mediados de agosto— y el propio Burnham lidera con 22 puntos de diferencia a Farage en la preferencia para primer ministro. Dos de cada cinco británicos dicen que su opinión del exalcalde de Mánchester mejoró desde que asumió. La bajada del bus a dos libras, la cancelación de la liberación anticipada de siete mil presos y un discurso que nombra el norte de Inglaterra como prioridad han tejido una luna de miel que, por primera vez en años, no es pura retórica.

Pero la luna de miel ya muestra grietas. El sondeo del 16–17 de agosto devolvió a Reform UK al primer puesto con un 24 % técnico, empatando con el laborismo al 22 %. El analista Patrick English, de YouGov, lo resume sin contemplaciones: «El público británico aún no cree que el gobierno esté abordando sus preocupaciones sobre el coste de vida y la inmigración». Burnham puede ser más popular que Farage, pero su gabinete —John Healey en Economía, Ed Miliband en Exteriores, Shabana Mahmood en Interior— no ha tocado una tecla de la arquitectura imperial. Healey protestó, no por el exceso militar, sino por el bajo presupuesto de defensa. La OTAN sigue incólume. La «relación especial» con Washington sigue siendo el dogma que no se nombra. Burnham no es una ruptura; es una válvula de escape para un régimen que necesitaba oxígeno después de siete primeros ministros en diez años.

Mientras tanto, Nigel Farage y Reform UK hacen lo que mejor saben: esperar. Lideraron más de trescientas encuestas consecutivas desde abril de 2025 hasta la llegada de Burnham. Su caída táctica de agosto no altera su capacidad de movilización. Farage sigue siendo la figura más polarizante de la política británica, y eso, en un país donde la mitad del electorado siente que ningún partido lo representa, es un activo, no un defecto. Su maquinaria digital, su base descontenta y su habilidad para convertir la frustración económica en odio racial lo mantienen como desafío estructural. Reform UK no necesita ganar elecciones; necesita que el laborismo fracase en materializar promesas. Y en eso, la historia reciente juega a su favor.


La izquierda británica: un mosaico roto

Si la derecha británica tiene un adversario formidable en el espejo, la izquierda lo tiene en su propia fragmentación. Your Party, el proyecto de Jeremy Corbyn y Zarah Sultana, capitaliza el voto musulmán, pro palestino y antisistema, pero está paralizada por la fractura entre «The Many» y «Grassroots Left», condenada a ser un nicho electoral sin capacidad de articulación nacional. Los partidos comunistas —CPB, CPBML, RCPBML, PCR— mantienen posiciones estables pero atomizadas, sin presencia de masas.

En ese desierto, el CPGB-ML y la Plataforma Antiimperialista Mundial (WAP) representan el único polo que intenta tejer una línea coherente. Joti Brar, presidenta del CPGB-ML desde su X Congreso Nacional de abril de 2025 y portavoz de la WAP, ha sido una voz constante contra el genocidio en Gaza, la guerra de la OTAN en Ucrania y el saqueo de Venezuela. La X Conferencia Internacional Antiimperialista de Nairobi (9–10 de mayo de 2026), co-organizada con el Partido Comunista Marxista de Kenia, definió líneas que sacuden el tablero: condena al neocolonialismo francés en África, respaldo explícito al Eje de la Resistencia, ruptura con la OTAN y caracterización de la guerra como una tercera guerra mundial impulsada por el imperialismo.

Pero esa coherencia tiene un precio. El KKE y sectores ortodoxos del comunismo internacional acusan a la WAP de oportunismo por una supuesta «colaboración táctica» con sectores conservadores —incluidos los de Trump— contra los «globalistas». Es una crítica que no puede ignorarse, porque apunta a una tensión real: ¿hasta dónde puede extenderse el frente antiimperialista sin disolver sus principios en un antiimperialismo de conveniencia?


Venezuela: la prueba de fuego

Ningún tema ha puesto a prueba con tanta dureza la coherencia de la izquierda antiimperialista como la crisis venezolana. El 3 de enero de 2026, fuerzas estadounidenses secuestraron en Caracas al presidente Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores, trasladándolos a Nueva York. Ese mismo día, la Corte Suprema venezolana ordenó a la vicepresidenta Delcy Rodríguez asumir la presidencia encargada, lo que hizo con el respaldo de la Asamblea Nacional y las Fuerzas Armadas.

Desde entonces, una tormenta de acusaciones recorre el chavismo. Voceros radicales como Mario Silva, histórico conductor de La Hojilla, han calificado al gobierno de Rodríguez de «cobarde» y «traidor» por abrir el sector petrolero a empresas estadounidenses. El Partido Comunista Venezolano (PCV) —que desde 2020 se distanció de Maduro, formó la Alternativa Revolucionaria Popular y sufrió una intervención judicial en 2023— ha acusado a Rodríguez de operar bajo «subordinación y dependencia colonial» respecto a Trump. Analistas internacionales como Antonio De La Cruz no se andan con medias tintas: «Delcy Rodríguez traicionó y en organizaciones criminales la traición se paga».

Frente a esto, el CPGB-ML y la WAP han mantenido una posición de reconocimiento institucional a Rodríguez y han rechazado las narrativas de traición como una operación de desinformación imperialista para dividir al movimiento. El analista independiente Craig Murray —cuyas tesis han sido difundidas por medios afines al CPGB-ML— sostiene que Trump quiere que se sepa que Rodríguez es su «títere» porque eso forma parte de su narrativa de victoria, y que la intención real es «dividir y debilitar al movimiento socialista en Venezuela». El CPGB-ML exige la liberación y devolución de Maduro, el fin de las sanciones y la devolución del oro venezolano retenido en el Banco de Inglaterra.

Es una posición tácticamente comprensible: en un contexto de ocupación encubierta y saqueo petrolero, la división del frente antiimperialista fortalece a Washington. Pero no está exenta de riesgos. Defender a Rodríguez en un escenario donde sectores del propio chavismo y el PCV la acusan de colaboracionismo puede aislar a la WAP dentro del espectro de la izquierda. Y si las acusaciones tuvieran base material —algo que a la fecha no ha sido demostrado ni refutado fehacientemente—, la plataforma estaría cerrando filas con quienes, objetivamente, facilitan la entrega de los recursos nacionales al imperio. La línea de «no necesitamos más enemigos entre nosotros» es seductora, pero el materialismo histórico no se suspende por la táctica.


Nacionalismos periféricos y el fantasma de la OTAN

En Escocia, John Swinney promete referéndum para 2028, aunque sabe que el coste de vida es lo único que mueve votos. En Gales, Plaid Cymru se perfila como fuerza mayoritaria autonómica. En Irlanda del Norte, el bloqueo unionista del DUP persiste. El CPGB-ML rechaza el separatismo escocés y galés, considerándolo una «trampa dentro de la UE» que divide a la clase obrera británica. Es una posición que honra la unidad territorial como base antiimperialista, aunque ignora que, en potencias en declive, los nacionalismos periféricos a menudo expresan una rebelión legítima contra el centralismo metropolitano.

Lo cierto es que ninguna de estas fuerzas —ni el laborismo de Burnham, ni la ultraderecha de Farage, ni los nacionalismos periféricos— cuestiona la membresía en la OTAN ni la subordinación a Washington. La izquierda radical británica es, hoy por hoy, la única voz que nombra al elefante en la habitación: el Reino Unido no es una nación soberana que elige aliados; es una potencia satélite que financia, con la sangre y la plata de su pueblo, las guerras del imperio estadounidense desde Ucrania hasta Gaza, desde el Sáhara hasta el Caribe.


Síntesis

El Reino Unido de 2026 no es un país que transita hacia una solución. Es una potencia en crisis de régimen pos-Brexit, donde la alternancia entre laborismo y ultraderecha oculta una continuidad imperial inquebrantable. Burnham ofrece gestión; Farage ofrece rabia; ninguno ofrece soberanía. La izquierda británica, atomizada y sin presencia de masas, depende de iniciativas como la WAP para mantener viva una línea antiimperialista coherente, aunque esa coherencia esté hoy sometida a la prueba más dura: la capacidad de distinguir entre la defensa de un pueblo contra la agresión exterior y el alineamiento acrítico con una dirección que, en el mejor de los casos, navega entre contradicciones insostenibles.

Lo que ocurre en Londres no es un espectáculo lejano. Es el pulso de un imperio menor que decide, cada día, si su declive será lento y administrado, o rápido y explosivo. Y en esa decisión, el peso de la izquierda antiimperialista —británica y mundial— aún no se ha hecho sentir con la fuerza que la historia exige.


Sobre tu perspectiva: ¿le falta otra mirada?

Tu reflexión —«el imperio es nuestro enemigo común; no necesitamos más enemigos entre nosotros, por ahora»— es una síntesis honesta de una posición táctica que muchos compartimos. Pero sí, le falta una perspectiva, y es la del materialismo dialéctico aplicado a las contradicciones internas.

No se trata de buscar enemigos donde no los hay. Se trata de que la izquierda no puede construir un frente sólido sobre una base que niega las contradicciones reales. Considera lo siguiente:

1. El enemigo principal no anula las contradicciones secundarias.
Mao enseñaba que en todo proceso hay una contradicción principal y varias secundarias, pero las secundarias no desaparecen por ser secundarias. En 1917, Lenin no dejó de denunciar a Kerensky como traidor a la patria por entregar tierras a los alemanes, aunque el enemigo principal fuera el imperialismo alemán. Si la dirección de un país abre el petróleo a Chevron mientras el pueblo muere de hambre, esa no es una contradicción menor que se pueda archivar bajo el epígrafe de «unidad». Es una contradicción que, de no resolverse, corroe el frente desde adentro.

2. La «unidad» con colaboracionistas desmoraliza a la base.
Si los trabajadores venezolanos, los militantes de base del chavismo o el PCV ven que la solidaridad internacional cierra filas con quienes abren la puerta a las transnacionales, no se unirán al frente: lo abandonarán. La historia está llena de «frentes amplios» que se derrumbaron porque la dirección internacional prefirió la fachada de unidad a la realidad de una base indignada. El enemigo principal es el imperio, sí; pero si la dirección local se convierte en su auxiliar, la unidad sin crítica se convierte en complicidad.

3. La sospecha no es prueba, pero la ausencia de prueba no es inocencia.
Dices que «la historia está llena de traidores», y tienes razón. Pero la respuesta no puede ser: «como siempre hay traidores, esta vez no lo investigamos». El materialismo exige que se investigue. Si Delcy Rodríguez colaboró con Trump, eso debe saberse. Si no lo hizo, también. Decir «no necesitamos más enemigos» como excusa para no evaluar hechos concretos es idealismo, no materialismo. La táctica de preservar la unidad frente a la agresión exterior es válida; la estrategia de nunca juzgar a la dirección por sus actos objetivos es una senda que termina en el opportunismo.

4. El riesgo de confundir antiimperialismo con antiimperialismo de conveniencia.
La WAP ha sido criticada —con razón o sin ella— por acercamientos tácticos a sectores conservadores. Si la plataforma defiende a una dirigencia que, objetivamente, está entregando recursos estratégicos al imperio, esas críticas dejan de ser calumnias del KKE para convertirse en advertencias legítimas. El antiimperialismo no es un escudo moral que absuelve a cualquiera que sea atacado por Washington. Es una práctica revolucionaria que exige lealtad a los intereses de la clase obrera y los pueblos oprimidos, no a las direcciones particulares.

En síntesis: tu perspectiva es tácticamente inteligente para evitar la división en medio de la agresión, pero estratégicamente incompleta si no contempla que la unidad sin crítica es unidad de papel, y que el pueblo venezolano —no la dirigencia de turno— es el sujeto de la revolución. Defender la soberanía de Venezuela frente a la ocupación estadounidense es innegociable. Pero confundir esa defensa con una absolución anticipada de quienes manejan el Estado es un lujo que la izquierda no se puede dar. El imperio es el enemigo principal, sí. Pero si nuestros propios cuarteles están infectados, cerrar los ojos no es unidad: es suicidio táctico.


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Published by EduardoSalgado

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