Editorial:
13 de octubre 2025
Hermanas y hermanos chilenos, latinoamericanos,
Quiero hablarles sin rodeos, con la franqueza que nos caracteriza. Desde el sur del mundo, a miles de kilómetros de Caracas, es fácil mirar la compleja situación de Venezuela con distancia. Es fácil criticar, señalar las fallas y enredarnos en debates teóricos.
Pero yo les pregunto: ¿qué pasa cuando esa distancia geográfica se convierte en indiferencia política? Cometemos un error estratégico monumental.
Les hablo no como un experto en petróleo, sino como un latinoamericano que ha visto esta película antes. Y el final siempre es el mismo: dolor, saqueo y pérdida de soberanía para nuestro pueblo.
Sé que el proceso venezolano es contradictorio. Tiene problemas profundos que no voy a ignorar. Pero en este momento de la historia, caer en la trampa de equiparar al gobierno bolivariano con la maquinaria de desestabilización imperial es un lujo que no podemos darnos. Es una ingenuidad que pagaríamos muy cara.
La lógica es simple y brutal: hay que identificar al enemigo principal.
Y hoy, el enemigo principal de la autodeterminación de los pueblos de Nuestra América no está en Caracas; está en Washington y en los centros de poder que ven a nuestro continente como su patio trasero.
Cuando Estados Unidos aplica un bloqueo económico asfixiante, financia campañas de desinformación y amenaza con intervenciones, no lo hace por “amor a la democracia”. Lo hace por el petróleo, por el oro, por el dominio geopolítico. Lo hace para enviar un mensaje claro a todos nosotros: “El que se atreva a desafiar nuestra hegemonía, será aplastado”.
¿Y nosotros, desde Chile, desde Europa, vamos a ser espectadores de ese aplastamiento?
Miren la historia. El derrocamiento de Allende no fue solo una tragedia chilena; fue una victoria del imperialismo que fortaleció a las dictaduras en todo el Cono Sur. Hoy, la caída de Venezuela sería una derrota estratégica para toda la izquierda y todos los movimientos soberanistas del continente. Abriría las compuertas para una nueva ola de intervencionismo. ¿Quién será el próximo? ¿Bolivia? ¿México? ¿O acaso creen que nuestro propio proceso constituyente o cualquier futuro proyecto popular estaría a salvo?
Por eso, mi solidaridad con Venezuela no es un sentimiento abstracto. Es un acto de defensa propia.
Defender el derecho de Venezuela a existir como nación soberana, a pesar de todas sus contradicciones, es defender nuestro derecho a elegir nuestro propio destino, sin ultimatums ni amenazas externas.
Esto no es sobre ser “chavista” o “anti-chavista”. Es sobre ser latinoamericanista. Es entender que en el tablero geopolítico, algunas batallas definen la guerra. Esta es una de ellas.
No nos llamemos a engaños. No se trata de aprobar todo lo que ocurre internamente en Venezuela. Se trata de una posición de principio:
- Rechazo absoluto a la injerencia extranjera, al bloqueo y a las amenazas de guerra. Esa debe ser una línea roja para cualquier persona que se diga progresista.
- Comprensión de que la lucha interna por un socialismo más puro y democrático le corresponde al pueblo venezolano. Nuestra tarea, desde la solidaridad internacional, es asegurar que tengan el espacio soberano para darla, sin que un poder externo les imponga la solución a balazos o sanciones.
Hermanos, no repitamos los errores del pasado. No nos dividamos frente al enemigo común. La defensa de la soberanía venezolana es la trinchera hoy. Si esa cae, la línea de batalla se correrá mañana hasta nuestras propias puertas.
La solidaridad no es caridad. Es interés bien entendido. Es la lógica implacable de que la lucha de Venezuela, hoy, es la nuestra.
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