24 de febrero 2026
Trump ha negado los informes que afirmaban que el máximo responsable militar estadounidense había alertado sobre los graves riesgos de un ataque mayor contra Irán. Medios como The Washington Post y The Wall Street Journal señalaron que el general Dan Caine advirtió sobre la escasez de municiones y el peligro de un conflicto prolongado. Sin embargo, Trump rechazó estas versiones en su red Truth Social, calificándolas de “100 por ciento incorrectas” y asegurando que sus generales “solo saben cómo ganar”.
Pese a las advertencias internas y los llamados a la diplomacia, Trump redobló sus amenazas, a lo que Irán respondió con maniobras militares en el Estrecho de Ormuz y la advertencia de su Líder Supremo de hundir los portaaviones de EE.UU. si se produce una agresión.
Este pulso con Irán no es un hecho aislado, sino el reflejo de una política exterior estadounidense que, basada en la coerción y las sanciones, está acelerando la pérdida de su hegemonía global, especialmente en América Latina. El fallido asedio a Venezuela y el criminal bloqueo a Cuba son ejemplos claros: lejos de doblegar a esos gobiernos, la agresión de EE.UU. los ha empujado a buscar aliados fuera de su órbita, creando un vacío que su gran competidor, China, ha llenado rápidamente.
Mientras Washington impone sanciones, Pekín ofrece inversión y comercio sin condiciones. Hoy, China es el principal socio comercial de casi toda Sudamérica. Es el mayor comprador de cobre de Chile, el principal destino de la soja y el mineral de Brasil, el inversor más grande en megaproyectos como el puerto de Chancay en Perú, y un prestamista de rescate para la golpeada economía de Argentina.
La paradoja es brutal: EE.UU. amenaza con bombardear Irán, pero no puede doblegar a Venezuela a pocos kilómetros de sus costas. Su poder militar es inmenso, pero su influencia económica se desvanece. Al empujar a naciones a una alianza con China y Rusia, y al perder el tren del comercio en su propia región, Washington está cavando su propia tumba hegemónica. El futuro de América Latina, como muestran las cifras, se escribe cada vez más en mandarín, mientras el imperio del norte se enreda en guerras que ya no puede ganar ni económica ni políticamente.
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