El ELN: la guerrilla más débil, pero la más difícil de exterminar

Editorial Solidariogb | Guerrillas de América Latina | 9 de septiembre 2026

Cuando se habla del Ejército de Liberación Nacional (ELN), la primera imagen que suele venir a la mente es la de una guerrilla en crisis. Con unos 5.000 a 6.000 combatientes —frente a los más de 20.000 que llegó a tener las FARC en su momento de mayor expansión—, el ELN nunca ha sido un contendiente militar de peso frente al Estado colombiano. Nunca controló un distrito militar, ni estableció un territorio en bloque; su historia ha transcurrido en las orillas: selvas, fronteras y periferias.

Sin embargo, esa aparente debilidad es también su principal fortaleza. Fundado en 1964, el ELN ha sobrevivido a la desmovilización del M-19, el EPL, el Quintín Lame, el PRT y, más recientemente, a la dejación de armas de su otro rival hegemónico, las FARC, en 2016. En un país donde las guerrillas han fracasado en su objetivo de tomar el poder, el ELN se ha convertido en un caso atípico: es la insurgencia más longeva de Colombia, y quizás la que mejor ha entendido que su supervivencia no depende de ganar batallas, sino de no perderlas.

La paradoja de la debilidad estructural


El ELN no nació para la guerra convencional. Su doctrina —influida por la teología de la liberación y el guevarismo— priorizó desde sus inicios la dispersión, la autonomía de sus frentes y la decisión por consenso. Esa lógica, que para un observador externo parece caótica, ha sido su blindaje. Sus Fuerzas de Guerra y sus frentes operan con amplia independencia, lo que les permite adaptarse a entornos locales sin depender de una cúpula militar centralizada.

Pero esa misma virtud se convierte en lastre ofensivo. El ELN no puede montar campañas militares coordinadas a gran escala; sus golpes más sonados —como el ataque a la infraestructura petrolera o las tomas intermitentes de poblaciones— son más bien acciones de impacto mediático que operaciones estratégicas de desgaste. Como reconoce un excomandante de las FARC en conversación con este medio: “El ELN nunca ha tenido la capacidad de sostener una guerra de movimientos como la nuestra; ellos juegan al gato y al ratón, pero no pueden encerrar al gato”.

 

El error de la guerra posicional


El punto de inflexión, sin embargo, está ocurriendo ahora. En regiones como el Catatumbo y Arauca, el ELN ha decidido defender territorios y rentas ilegales —coca, contrabando, extorsión— con una lógica de control físico, no de simple tránsito. Y allí, precisamente, está su mayor vulnerabilidad.

La guerrilla siempre ha operado bajo el principio de que “el ejército que se fija, se destruye”. La guerra de guerrillas pura exige movilidad, imprevisibilidad y la negación del blanco. Pero cuando se opta por defender pozos petroleros, corredores de narcotráfico o rutas de contrabando, se está aceptando pelear la guerra que el Estado y las disidencias de las FARC conocen mejor: la guerra de posiciones, la de trincheras, la del desgaste prolongado. En ese escenario, el ELN pierde su ventaja asimétrica y compite en desventaja logística y tecnológica.

No es casualidad que, en los últimos dos años, las bajas del ELN en esas zonas hayan crecido significativamente, y que sus enfrentamientos con las disidencias de las FARC —que sí tienen experiencia en control territorial— hayan dejado cientos de muertos y desplazados. El ELN está pagando el costo de querer ser lo que nunca fue: un ejército territorial.

 

Sobrevivir sin tomar el poder


Aquí es donde el análisis requiere matices. Si la vara para medir el éxito es la toma del poder, entonces el ELN ha fracasado estrepitosamente, como todas las guerrillas colombianas. Pero si la vara es la supervivencia, el ELN es, paradójicamente, el más exitoso.

Su estructura descentralizada, su capacidad de mimetizarse en zonas rurales y urbanas, y su flexibilidad ideológica —que le ha permitido negociar mientras combate— lo han convertido en un actor endémico. Como señala un analista de la Fundación Ideas para la Paz: “El ELN no necesita ganar la guerra; solo necesita que la guerra no termine. Y en eso, es insuperable”.

Esa lógica explica por qué, incluso después de los ataques más duros del Estado, el ELN sigue en pie. Su riesgo real no es ser derrotado en una batalla campal —eso es casi imposible dada su dispersión—, sino convertirse lentamente en lo que siempre criticó: un grupo armado que sostiene su existencia con rentas criminales, sin un proyecto político claro, y que termina siendo indistinguible de las bandas narcoparamilitares que dice combatir.

 

Lecciones de la caída de las FARC


La historia de las FARC ofrece una advertencia que el ELN parece ignorar. Las FARC también empezaron siendo una guerrilla móvil y asimétrica, pero su éxito en el negocio de la coca y su expansión territorial las convirtieron en una fuerza semiconvencional con frentes fijos, finanzas robustas y una estructura jerárquica rígida. Eso les permitió acumular poder, pero también les dio una centralidad que el Estado pudo atacar con precisión quirúrgica: bombardeos a campamentos, inteligencia financiera y golpes a su cúpula. Cuando las FARC quisieron negociar, ya no eran una insurgencia ligera, sino un ejército pesado, visible y agotado.

El ELN, por ahora, sigue siendo un espectro. Pero su incursión en el control territorial y las economías ilegales lo está haciendo más predecible, más fijo, y por tanto más vulnerable. No solo frente al Estado, sino frente a sus propios socios y rivales armados.

 

Conclusión


El ELN es, militarmente, la guerrilla más débil de Colombia. No tiene la capacidad de fuego, ni los efectivos, ni la cohesión ofensiva de las FARC en su apogeo. Pero también es la que mejor ha sobrevivido a la guerra, precisamente porque nunca ha apostado a ganarla.

Sin embargo, el péndulo está moviéndose. Al defender rentas y territorios, el ELN está renunciando a su principal activo: la invisibilidad. Y al hacerlo, está aceptando jugar en el tablero del Estado y de sus rivales, donde las reglas están escritas por quien tiene más capacidad de fuego y más paciencia para el desgaste.

Su futuro no se decide en una gran ofensiva militar, sino en la pregunta incómoda que sus propios comandantes evitan: ¿puede una guerrilla sobrevivir sin convertirse en una mafia con discurso revolucionario? La respuesta, hasta ahora, es incierta. Pero si la historia colombiana enseña algo, es que el peor enemigo de una guerrilla no es el Ejército, sino sus propias contradicciones.

 

Nota del editor: Este artículo hace parte de una serie sobre la evolución de los actores armados en Colombia y los desafíos de la paz total. Próxima entrega: ¿Qué queda de las FARC después del acuerdo? Disidencias, rearme y negociación.


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Published by EduardoSalgado

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