Editorial Solidariogb | Guerrillas de America Latina | 16 de septiembre 2026
Fragmentadas en al menos cuatro facciones, con unos 12.000 combatientes y sin un proyecto político común, las estructuras que rechazaron el pacto de 2016 libran una guerra de tres bandas mientras el nuevo Gobierno de Abelardo de la Espriella cierra las puertas al diálogo.
El Acuerdo de Paz de 2016 fue concebido como el fin de la guerra con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Pero el desarme de más de 11.000 combatientes no significó la extinción de la insurgencia. Ocho años después, las disidencias de las FARC se han convertido en un archipiélago de grupos armados que, sin la cohesión ideológica ni la ambición política de su antecesora, disputan rentas ilegales y territorios en por lo menos 20 departamentos .
Con una estructura fragmentada, liderazgos en disputa y una guerra abierta entre sus propias facciones, el escenario es hoy más complejo que el de la guerrilla unificada que durante décadas desafió al Estado colombiano.
¿Quiénes son y cuántos son?
El universo de las disidencias agrupa a excombatientes que no se acogieron al Acuerdo de Paz, a quienes lo firmaron y luego retomaron las armas, y a nuevos reclutas —muchos de ellos menores de edad— que ingresaron después de 2016 . Según estimaciones de inteligencia, suman alrededor de 12.000 hombres y mujeres en armas .
Los principales grupos son:
- Estado Mayor Central (EMC), liderado por Néstor Gregorio Vera Fernández, alias ‘Iván Mordisco’. Es la facción más numerosa, con cerca de 5.000 combatientes, y opera principalmente en el sur del país .
- Bloque Magdalena Medio, bajo el mando de Alexander Díaz Mendoza, alias ‘Calarcá’. Con unas 3.000 personas, tiene presencia en Antioquia y el Magdalena Medio .
- Segunda Marquetalia, dirigida por Luciano Marín Arango, alias ‘Iván Márquez’, con unos 1.000 efectivos, la mayoría refugiados en Venezuela .
- Coordinadora Nacional Ejército Bolivariano (CNEB), surgida de los Comandos de Frontera, con presencia en Nariño y Putumayo .
Esta fragmentación, sin embargo, no es estática. En marzo de 2026, informes de inteligencia militar revelaron que la estructura 18 en Antioquia, que operaba bajo la órbita de Calarcá, pasó a alinearse con el bloque de Iván Mordisco . El movimiento respondió a tensiones internas por la distribución de recursos y la ausencia de respaldo desde el norte del país .
La guerra entre los propios: una lucha por el territorio
Lejos de la unidad que caracterizó a las FARC en su apogeo, las disidencias libran hoy una guerra de tres bandas. El EMC de Mordisco y el bloque de Calarcá se enfrentan con particular virulencia en el sur del país. Según un informe de la ONU, solo en Guaviare, los enfrentamientos entre ambas facciones dejaron cerca de 50 muertos, incluidos menores de edad .
El conflicto no es ideológico, sino territorial y económico. Como explica la investigadora Ángela Gómez, estas organizaciones han reconfigurado sus estrategias alrededor de economías ilegales: narcotráfico, minería ilegal, extorsión y control de áreas forestales . “No tienen esa visión. No les interesa tumbar al Gobierno y llegar al poder, que sí era la idea tradicional de una guerrilla”, afirma . El investigador Juan Esteban Ugarriza coincide: “Estas disidencias no tienen el incentivo de dedicar el tiempo, los recursos y asumir los costos que implica una formación política e ideológica” .
El pulso con el Estado: de la negociación a la confrontación
El gobierno de Gustavo Petro (2022-2026) impulsó la política de “Paz Total”, con la que abrió mesas de diálogo con las principales facciones. El único avance significativo se logró con la CNEB: en junio de 2026, cerca de 100 de sus integrantes se desmovilizaron y entregaron sus armas en Putumayo, bajo supervisión de la OEA . El grupo se comprometió a destruir material de guerra y cesar acciones ofensivas contra la fuerza pública .
Sin embargo, las negociaciones con el bloque de Calarcá y con las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN) no prosperaron. La llegada de Abelardo de la Espriella a la Presidencia en agosto de 2026 marcó un giro radical. El nuevo mandatario, que en campaña prometió un enfoque securitario, firmó resoluciones que cierran formalmente los tres procesos de diálogo abiertos por Petro .
El Gobierno argumentó “ausencia de voluntad de paz” e “incumplimiento de los acuerdos pactados” . Además de retirar el reconocimiento a los negociadores de las disidencias, el Ejecutivo revocó la designación de los delegados gubernamentales .
En paralelo, el presidente De la Espriella ha anunciado una ofensiva militar sostenida. En septiembre de 2026, reportó la baja de siete integrantes del frente “Franco Benavides” del EMC en Nariño, junto con la incautación de drogas y la destrucción de laboratorios de cocaína . Desde el inicio de su mandato, el balance oficial es de 14.914 capturas y 1.485 armas retiradas de circulación .
La amenaza transfronteriza y la cooperación internacional
Las disidencias no operan solo en Colombia. La CNEB, por ejemplo, tiene presencia en la frontera con Ecuador, donde controla enclaves de minería ilegal. En septiembre de 2026, el Ejército ecuatoriano, con el apoyo de aeronaves Osprey de Estados Unidos, desmanteló campamentos de los Comandos de la Frontera en la Amazonía . En la zona, una emboscada había dejado 11 militares ecuatorianos muertos en 2025 .
La cooperación internacional, sin embargo, podría verse afectada por el giro político. Mientras la ONU pidió una transición “fluida y cooperativa” que preserve los avances del Acuerdo de Paz , la nueva administración ha señalado que desaparecerá la Unidad de Implementación del Acuerdo y la figura del Alto Comisionado para la Paz .
La herencia en riesgo: el desfinanciamiento de la reincorporación
El cambio de enfoque ya tiene consecuencias concretas. La Agencia para la Reincorporación y la Normalización (ARN), encargada de acompañar a los excombatientes que sí se acogieron al Acuerdo de Paz, enfrenta un bloqueo de 53.000 millones de pesos que la mantiene al borde de la parálisis . La entidad ha advertido que, a partir del 15 de octubre, podría interrumpir servicios esenciales para 15.500 personas, incluidos los seguros de vida y la renta básica de 11.108 excombatientes . En la última semana, cinco firmantes de paz fueron asesinados, elevando la cifra total a casi 500 muertos, según la Jurisdicción Especial para la Paz .
Conclusión: un escenario de guerra sin nombre
Las disidencias de las FARC no son las FARC. Han perdido la ideología, la estructura nacional y el objetivo de tomar el poder . Pero han ganado en fragmentación, en capacidad de adaptación a economías ilegales y en ferocidad para disputarse el territorio entre ellas.
Con la nueva administración cerrando las puertas al diálogo y apostando por la ofensiva militar, el escenario se encamina hacia más confrontación. La guerra no será contra un enemigo único, sino contra una constelación de grupos que, sin un mando central, son más difíciles de derrotar y más fáciles de perpetuar. El riesgo, como ocurrió con el ELN, es que la “paz total” se convierta en una guerra sin fin.
Nota del editor: Este artículo es la segunda entrega de la serie sobre la evolución de los actores armados en Colombia. La primera, dedicada al ELN, analizó su capacidad de supervivencia frente a su debilidad militar convencional.
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